Tu reputación son las primeras…

Comenzar con una canción de Arjona igual no es lo mejor del mundo, pero a mí siempre me ha parecido muy original eso de “las primeras seis letras de esa palabra”. Y es que hay gente que se gana su reputación (buena o mala) a base de grandes esfuerzos. Pero también están quienes en vez de ganársela les es concedida, y no siempre es la buena reputación la que se regala. No, no me refiero únicamente a grandes delincuentes descubiertos por un afanado periodista. Hablo de ese océano de personas que vivimos nuestro día a día como mejor podemos, y, por qué no, de grandes personalidades públicas. Murmuraciones, chismorreos, el boca a boca (que normalmente termina como el juego del telefonito, todo distorsionado), verdades a medias; esta incontinencia de la lengua contribuye más a crear una falsa mala reputación que a sacar a la luz la verdad, más a dañar que a cambiar el mundo.

Ya lo dijo Gandalf:

Gollum merece la muerte. La merece, sin duda. Muchos de los que viven merecen morir y algunos de los que mueren merecen la vida. ¿Puedes devolver la vida? Entonces no te apresures a dispensar la muerte, pues ni el más sabio conoce el fin de todos los caminos.

¿Puedes devolver la buena reputación? Entonces no te apresures en hablar mal, en calumniar, en “echar paja” (como se dice por mi tierra). Como siempre, la sabiduría popular suele ser muy sabia: “si no puedes decir algo bueno, entonces es mejor que no digas nada”.

Mi padre me enseñó que en esta vida hay cinco cosas que, en caso de irse todo por la borda, siempre podrás usar para salir a flote y prosperar: la Fe, la familia, un puñado de buenos amigos, el capital humano y la reputación. Ya hay muchos en este mundo queriendo acabar con los dos primeros a como de lugar, y el capital humano en un mundo tan competitivo cuesta cada vez más; ¿vamos a estar pisoteando reputaciones como si de colillas humeantes se trataran?

Hay una anécdota de Sócrates que viene muy bien al caso. Un día un conocido se encontró con el filósofo y le dijo: “¿Sabes lo que acabo de escuchar acerca de tu amigo?”. Espera un minuto -replicó Sócrates-. Antes de decirme nada quisiera que pasaras un pequeño examen, el triple filtro. La verdad: ¿estás completamente seguro de que lo que vas a decirme es cierto? -No -dijo el hombre-, realmente sólo escuché eso y… bien -continuó Sócrates. Ahora el segundo filtro, la bondad: ¿es algo bueno lo que vas a decirme sobre mi amigo?. -No, por el contrario. -Vale, entonces lo que vas a decirme es malo y no sabes si es cierto. Ahora el tercer filtro, la utilidad. Dime, ¿me servirá de algo saber lo que vas a decirme? -No, la verdad que no. -Bueno -concluyó Sócrates-, lo que querías decirme no sabes si es cierto, no es bueno y ni siquiera es útil, ¿para qué querría yo saberlo?

No podemos ir diciendo cosas que, primero, no estamos realmente seguros de que sean así, aunque queramos que sean así; segundo, que vayan haciendo mal, ya que en ese caso los que sí adquirimos una mala reputación somos nosotros, los que sí estamos pecando somos nosotros; por último, aunque algo menos altruista, nosotros no ganamos más que un pequeño desahogo, y aquella persona no cambiará porque se le diga a sus espaldas que hace algo mal (que hasta puede que sea mentira).

Averiguar si lo que se dice o hemos visto es verdad; la vista engaña, olvidamos matices, somos temperamentales y cambiamos las cosas, necesitamos saber qué dice en su defensa el otro. No podemos movernos por “venganza“, ni siquiera por “ser correctos“; tenemos que movernos por verdadero amor al prójimo, por su bien, sin importar lo que digan otros que sí quieren venganza o que las cosas se hagan como ellos dicen y no como deben hacerse. Finalmente, si es verdad y queremos el bien, tenemos que corregir al hermano cara a cara; sí, cuesta más que publicar una foto en facebook o dejar un tweet público, que cuchichear con el vecino o quejarse en el descanso del trabajo. Pero lo que realmente hará que la otra persona cambie es el cariño: cariño por preocuparse por él, cariño al decirlo (aunque se enfade por unos instantes), cariño al ayudarle.