Towards a coherent world… raiders of the truth

Si hoy en día alguien se proclama en contra de algún lineamiento socialmente aceptado, se le tilda de “retrógado”. Si además lucha contra lo que cree que está mal, se le llama “intransigente”. Me gustaría parafrasear un texto que leí hoy:

Si no eres malo, pero lo pareces, entonces eres tonto y piedra de escándalo peor. Camino, 370. San Josemaría Escrivá.

O lo que es igual: no hay que ser simplemente buenos, sino además parecerlo.

Vivir los principios de uno sólo para adentro es igual a no vivirlos para nada, ya que estos fundamentos de nuestro actuar deben ser exactamente eso, bases firmes que conformen todo nuestro ser. No somos “cachos” de persona, donde una parte actúa de una forma y otra parte de otra (¿bipolares? ¿maníacodepresivos?).

Se critica mucho cuando un político es incoherente, o dice algo en campaña y luego hace otra cosa. En general, cualquier sociedad sabe que es mentiroso aquel que piensa o dice algo y hace otra cosa. Pues permítanme concluir entonces que llevar las creencias personales únicamente al ámbito privado es exactamente lo mismo, es ser un hipócrita.

Cada persona tiene el derecho de buscar la verdad. Más aún, tiene el deber de buscarla y de vivir conforme a ella. Que la encuentre o no dependerá de sus decisiones, de su contexto, de las oportunidades que tuvo en la vida; pero lo importante es no desfallecer en esta búsqueda, no parar al encontrarla, sino entonces conocerla cada día más, mejor, amándola, viviendo según ella, siendo coherentes.

Hay grandes personajes de la historia que buscaron sinceramente la verdad, y se les honra como tales: Confucio, Aristóteles, San Agustín. De este último conozco algo más que del resto. San Agustín pasó por muchas corrientes filosóficas mientras buscaba la verdad. No se contentaba con que se la mostraran, quería vivirla él mismo. En su búsqueda descubrió muchas verdades incompletas, pero no se conformaba con medias-verdades, “verdades” cómodas; seguía buscando.

La verdad es exigente, no es fácil, especialmente cuando hay que mostrarla al mundo, no siempre respetuoso con lo diferente, con lo que le incomoda. La verdad no se debe mostrar por arrogancia, ni por ganas de pelear. La verdad debe enseñarse desde el convencimiento de que ese bien que uno ha encontrado es igual de válido para otros, de que la verdad no puede ser personal.

Cada persona es un mundo, sí, pero esto no lleva a que existan verdades enfrentadas: no serían verdad. Muchas veces lo que hay son verdades complementarias, verdades incompletas, que atisban, como entre la niebla, la verdad, pero que todavía no la perfilan completamente. Nuestro trabajo es despejar esas nubes en todos los ambientes, contextos, situaciones y lugares; desde la vida diaria hasta la ciencia, desde la religión hasta la política.

El ser humano debe tener la libertad de buscar la verdad, de seguirla y vivirla completamente, sin ser coaccionados de ningún modo, sin ver limitadas injustamente sus opciones, sin ser marginados por su forma de pensar, todo dentro de una convivencia pacífica y de respeto (la libertad de uno termina donde comienza la del otro).

De esta forma, considero que cualquier gobierno debe fomentar precisamente esa libertad, levantando muros (legislando) donde no se respete al otro ser humano, donde se ponga en peligro, donde se vea amenazada la propia libertad; y poniendo los medios oportunos (legislando también) que propicien un ambiente de búsqueda sincera y honrada de la verdad, que cada uno pueda vivirla en convivencia, así como un diálogo entre las partes disonantes que, al fin y al cabo, están buscando la misma verdad, aunque tal vez por caminos diferentes.

Concluyo esta breve reflexión con una cita no textual y anónima, para la meditación de cada uno:

Que hoy en día se tenga que legislar sobre cosas que antes eran de sentido común, no es más que una muestra de la decadencia moral de nuestra sociedad.