Justicia

Leí el otro día que “la justicia no es venganza”. Y es correcto, nada más cerca de la realidad: la justicia no es venganza, la justicia es dar a cada uno lo que se merece. No hay que olvidar que el afán de justicia no puede pasar por encima de la justicia. Tomarse la justicia por nuestras manos equivale normalmente a cometer nuevas injusticias, porque los sentimientos no son el mejor guía en estos asuntos; sesos antes que tripas. Solemos cambiar las dimensiones de los hechos según nos afecten o identifiquemos con ellos. Así, que atropellen a un perro callejero nos da lástima pero poco más, pero que le den un balonazo al nuestro nos pone furiosos.

Creo que la raíz del problema es cuando tenemos como “un doble significado del verbo merecer“: cuando es por derecho (un salario acorde al trabajo desempeñado, el reconocimiento de la sociedad ante una hazaña noble, el respeto hacia nuestros padres y educadores, etc) y cuando es como compensación por una acción dañina (levantar a una persona a la que hemos hecho trastabillar, pagar los daños de un accidente que hayamos podido causar, devolver el dinero robado, sostener a la familia a la que se ha privado de su sustento). Además, debemos aprender que nuestros actos tienen consecuencias: ese premio es también incentivo para mejorar y ese castigo debe servir para aprender y tratar de que no se repita.

En ninguno de los ejemplos antes citados estamos ante obras de misericordia. ¿Es caritativo el político corrupto que dona casas a las personas sin hogar? Si este dinero viene precisamente de los bolsillos de los desahuciados no puede ser caridad porque antes está la justicia: la caridad es dar a los demás, por amor, más de lo que se merecen, por eso la caridad presupone la justicia.

En la justicia solemos mentirnos muchas veces: creemos que merecemos más y debemos menos, mientras que con los demás nos sucede al revés: -¿has visto la novia de Fulanito? no es para él. O, -ese tipo lo que merece es que lo maten. ¿Expresiones? quizá, pero que reflejan muy bien mi tesis. De nuevo el subjetivismo nos pone en una mala posición para administrar justicia.

En el medio está la virtud. Excedernos en un castigo es injusto (dejar sin partido de fútbol al niño durante un mes por haber tenido un berrinche), excedernos en el premio es injusto (normalmente para con los que no lo han recibido), quedarnos cortos con el castigo es injusto (de nuevo, para con terceros, donde la sana razón exige una reparación por la falta), ni quedarnos cortos en el premio.

Lo que no podemos hacer nunca es separar la justicia de la caridad. Cuando se administra la justicia “a secas” el hombre queda insatisfecho, su dignidad de ser humano exige más. Debemos tener manos largas para dar, y una mente serena y reflexiva antes de imponer castigos (repito, sesos antes que tripas). Dar a un empleado el poco salario convenido cuando éste se ha esforzado, aunque fuese su deber, por sacar el negocio adelante, deja un regusto amargo en esa persona. O quitar la vivienda a alguien porque no ha pagado y dejarla en la calle, incluso cuando esas cláusulas fueran firmadas consciente y libremente, parece que pone una careta de malvado al ejecutor. Es justo, sí; misericordioso, no.

No hay que olvidar tampoco el tema del bien común, importante para saber si nuestra caridad ha de conocer límites. Nuestros actos tienen consecuencias, no vivimos solos: nuestra libertad termina donde comienza la del otro, no puedo hacer actos que dañen a otras personas. Si un individuo es peligroso para la sociedad, se deben tomar las medidas oportunas para que éste no ponga en riesgo la integridad de otras personas. ¿Qué pasaría si se dejara en libertad a un violador de menores? Seguramente todos estaríamos cuanto menos preocupados por la seguridad de nuestros niños, y hasta seguramente se organizarían manifestaciones en todo el país. ¿Y si se ha arrepentido? Una persona arrepentida lo primero que sabe es que ha hecho un mal y quiere repararlo; y si por algún motivo es consciente de que sigue siendo peligroso (el caso de un maníaco-compulsivo que de cuando en cuando atropella peatones), el primero en buscar una solución es él, porque sabe el daño que puede hacer. Todos tenemos derecho a cambiar para bien, y sé de mucha gente que lo ha hecho. El sistema debe comprobar que la reforma del individuo es verdadera, que su arrepentimiento (condición necesaria, mas no suficiente, para cambiar de vida) es sincero, antes de proceder a cualquier cambio en su condición.

¿Y qué pasa si hay injusticias que no son reparadas (que las hay, y por montones), y no se logra hacer nada para que la situación cambie? No perdamos la paciencia, queda sino tirar de lo que cada uno tenga en su corazón, de esa esperanza, tan nublada algunas veces, que nos dice que esto no puede quedarse así, esa sed que nos deja ver que todo lo bueno merece una recompensa y que todo lo malo debe ser castigado. ¿No se contrapone esto a la experiencia de tantas personas que hemos visto marcharse de esta vida con un saldo gigantesco en el haber pero que no lo vieron nunca en sus manos? ¿y aquellas otras personas que se fueron casi burlándose de no haber tenido que pagar por nada de lo que hicieron acá? Inspeccionad sin miedo esa niebla que mencionamos antes y sabréis que acá no acaba la cosa.